Gonzalo Rojas: Nunca fui sino un Protodisidente

A pesar de sus continuos viajes y obligaciones, Gonzalo Rojas siempre se da tiempo para participar en encuentros como el realizado durante el mes de febrero en Puerto Varas. Allí lo encontró Piel de Leopardo, al presentar su cuarto número en la Feria del Libro de dicha ciudad

Rojas, merecedor de premios significativos como el Nacional de Literatura y "Reina Sofía" de España, todavía gusta de relatar sus comienzos en la escritura, guardando interesantes recuerdos de poetas ya casi olvidados, los que a la hora de situarlos en relación a muchos escritores de una desmesurada vigencia, recobran un lugar importante dentro de la literatura chilena.

Reunidos Jesús Sepúlveda, Alexis Figueroa, Francisco Véjar y Gonzalo Rojas en la misma sureña pensión, lo que sigue fue un diálogo fuera de todo programa, que Francisco Véjar grabó en la informalidad solitaria de la mañana.

F.V.: Yo quería comenzar conversando acerca de la Generación del '38, de la cual ya prácticamente nadie habla.

Es que el '38 es un período bien diversificado y múltiple, en el cual había un promedio de diez grupos literarios muy distintos. Mirado desde ahora, desde lejos, fue tal vez el proyecto común de reencontrar los grandes ejes de Chile. No ya los del siglo XIX porque nosotros no éramos criollistas, ni teníamos proyectos de vuelta hacia atrás -y eso fue malo por un lado-; pero había un propósito de búsqueda de lo genuino, de la autenticidad, de eso que llaman "identidad".

Entonces surgieron varios grupos, unos de mejor concentración en lo nacional que otros; porque había algunos bien distantes de lo nacional. Recuerdo, por ejemplo, a un grupo de escritores que circulaban en torno de la revista Estudios del señor Jaime Eyzaguirre. Eran buenos, eran estudiosos, pero creían que estábamos todavía amarrados a España... y lo peor es que, sin ser franquistas, estaban muy cerca.

F.V.: Pero, cuál era la configuración entre todos estos grupos, donde también estaban La Mandrágora con su propuesta surrealista y otros más del suburbio, como lo que hacía Nicomedes Guzmán?

Nicomedes Guzmán, a quien conocí trabajando como carpintero en el barrio Matucana, era un muchacho absolutamente autodidacto. Tenía su impulso y su gracia y "le hacía", como dice el huaso, a la cuentística mejor que a la poesía. En su barrio de calle Andes, había varios curiosos personajillos nacientes en esos días a las letras. Incluso "el filebo", Luis Sánchez Latorre -éste que parece hoy día tan singular-, andaba por ahí por esas cuerdas, sin ser neocriollista ni nada de eso. Había también otro que se llamaba Hugo Goldsack, quien se ha perdido bastante y que tenía su talento y era buen lector. Todos ellos vivían detrás del internado Barros Arana, es decir, se juntaban por ahí por esos barrios en unos cafetines de la calle San Pablo abajo.

Los "Mandrágora" no tienen más importancia que la de haber pensado en una especie de salida de los chilenos hacia afuera, con bastante audacia y a la sombra de Huidobro, esa es la verdad. Sin Huidobro ese grupo no habría funcionado. Fue un grupito muy minúsculo... todas estas cosas se exageran en Chile. Son pequeños organismos, casi protozoarios, en los que va germinando algo sin que se sepa muy bien qué.

F.V.: Pero siempre se ha mencionado a La Mandrágora como el verdadero grupo de vanguardia surrealista en nuestro país.

La verdad es que para ser surrealista había que ser conocedor de ese pensamiento, ojalá haber vivido en París. El surrealismo del primer período, aquel "bretoniano puro" se podría decir, hijo del dadaismo y que va desde 1921; era de una ortodoxia implacable, un grupo que funcionaba como tal, hermético. La prueba es que desdeñaron a Huidobro. Yo conversé una noche del año '53 -muy tarde y con mucho pernod en el pescuezo-, con un hombre que se llama Benjamín Peret, una de las estrellas mayores del surrealismo, y a quien le pregunté por Huidobro. Él me dijo "ese era un jovencito que tenía plata, no más, y que nos invitaba a su departamento. El no tiene ninguna importancia. El verdadero escritor de la línea creacionista, que Huidobro cree que es de él, se llama Pierre Reverdy". Es que los franceses son insoportablemente cerrados.

F.V.: También está Emar, el cual está un poco olvidado y que tiene un libro interesante, extraño, que se llama Ayer.

Juan Emar sí que es bueno, es de primera clase. Yo lo conocí como alguien más bien callado; me parece que lo estoy viendo en las reuniones en casa de Huidobro. Era muy silencioso, muy sigiloso, no aparecía con el talento mayor que tenía.

En todo caso yo no tengo grandes conocimientos ni recuerdos al respecto. En esos días no fui tan activista como, por ejemplo, Anguita o Volodia. Yo era distante, un muchachón más bien de provincia que miraba con sospecha todo esto. Nunca fui sino un protodisidente.

F.V.: Pero conoció a gente muy interesante. Hábleme un poco de este verdadero "mito" que es Teófilo Cid. Según Gómez Correa, con quien conversé hace como un año, sus relaciones con él no eran muy buenas.

No podían ser muy buenas. Teófilo también era de provincia, pero había sido ricachón y yo no. Él era muy letrado, buen lector de la literatura clásica española y de la literatura clásica francesa, y estaba bien informado. Tal vez le faltaban algunos conocimientos elementales de filosofía, pero tenía mucho talento. Talento que perdía él en la cháchara, en la conversación incesante de las noches, embriagando a los demás con su talento expresivo que era mucho y muy comunicante.

El pobrecito terminó su vida muy difícilmente pues fue perdiendo lo que tenía y lo que le habían dejado sus padres; creo que heredó dos veces. Pero eso no tiene ninguna importancia en la vida de Teófilo Cid. Era gracioso; un encanto conversar con él, muy interesante.

F. V.: Y a propósito de Gómez Correa, qué recuerdo guarda usted de él y de otros poetas como Jorge Cáceres?

Yo tengo muy buen recuerdo de Gómez Correa. Era un estudiante de derecho muy aventajado. Tenía incluso, un impulso teórico mejor que el de Arenas, quien era más lector y más esquemático.

Es que en ese sentido, creo que La Mandrágora aportó una cosa clara: el rigor verdadero en la responsabilidad de escribir. Es decir, nada de improvisación, nada de iluminaciones súbitas. Había que leer, leer, leer. Recuerdo a Teófilo, a Gómez, también a Cáceres; leyendo insaciablemente en la Biblioteca Nacional, horas y horas en un tiempo en que había pocos libros en Chile y las bibliotecas particulares eran escasas.

A Cáceres lo conocí a los 15 años de edad. Él era alumno de cuarto año del internado Barros Arana, del cual yo era inspector con 20 años. Un día me llamó la atención que este joven me mostrara unos escritos bastante bien hechos, pero fuertemente influidos por Alberti -por el Alberti de Sobre los ángeles de 1930- y por Gil Vicente, poeta de moda en esa época a pesar de haber nacido cuatrocientos años antes. Entonces yo le dije "mira niño, es bueno este trabajo pero no es tuyo", y le pasé algunas revistas surrealistas y algo de Breton. A los quince días se presentó a mi cuartucho de inspector, con unos papeles preciosos de imitación perfecta; la capacidad de mímesis de este chico era impresionante. Yo le dije "tú sigues teniendo un talento imitativo enorme, pero tienes que ser tú mismo". De ahí se puso a hacer algo de poesía, aunque no mucho, pues entró en una ortodoxia excesiva, parece que por una mala influencia de Arenas que lo orientaba hacia un surrealismo estrecho y estricto.

Yo lo dejé de ver, aunque lo quería mucho, y cuando murió le escribí un poema que se llama "Una vez el azar se llamó Jorge Cáceres" y que aparece en mi segundo libro: Contra la Muerte.

F.V.: Pasemos ahora de La Mandrágora a su visión de la actualidad de la poesía chilena. En mi modesta opinión, creo que los poetas vivos actualmente importantes son Gonzalo Rojas, Nicanor Parra y Jorge Teillier.

Sí, a mí me parece que Jorge es un gran poeta. Y los otros dos somos unos viejos ya, pertenecemos a otro ciclo. Yo no sé si estemos vigentes en cuanto a que los jóvenes miren -con algún interés nuestra poesía.

 

En: Revista Piel de leopardo, N5, octubre, 1994.

SISIB y Facultad de Filosofía y Humanidades - Universidad de Chile